sábado, 29 de marzo de 2008

Proyección del documental "Los ladrones viejos" de Everardo González

Definitivamente, trabajar en Profética no es tan fácil como podría parecer. Sobre todo, cuando se trata de desarrollar eventos que vayan dirigidos a un público tan diverso como el que tiene la Casa de la lectura. Es por esto, que he de confesar que no me encontraba nervioso, sino aterrado, ante el último evento del mes de marzo: la proyección del documental "Los ladrones viejos", de Everardo González, parte de la gira Ambulante 2008.
Generalmente suelo estar tranquilo cuando se trata de presentaciones de libros (aunque eso no me quita el "nervio" previo a cada evento), ya que, en mi caso, es simplemente cuestión de haber hecho la debida promoción con anticipación y revisar que el sonido de los presentadores esté listo. Así como procurar una serie de atenciones a estos últimos que haga de su participación algo cómodo y no difícil. ¿Para qué queremos presentadores incómodos y nerviosos?

Otra cosa que hace que las presentaciones de libros sean más "tranquilas" (y lo pongo entre comillas porque hemos tenido cada tipo de presentación que podría decirme lo contrario, si no, deberían de recordar la que tuvimos con Paco Ignacio Taibo II), es que tienen un público ciertamente más específico. Diverso, sí, pero de alguna manera perteneciente a una amplia categoría.

En un siguiente nivel de tensión pondría las Conferencias. Un público ávido por conocer acerca de cierto tema se sienta en nuestro patio y espera que, a través de todos los medios posibles, el conferencista les haga llegar este saber. Aquí el asunto se pone más rudo para mí, pues generalmente, las conferencias implican visuales, y por ende, el uso de nuestro cañón. La logística pues, se hace todavía más complicada. A pesar de haber tenido grandes retos (y aquí hago memoria de la conferencia de Claudio Naranjo, en la que hubo que meter un piano al patio, instalar un I Pod, tres micrófonos y el DVD), la tensión que me generan las Conferencias sigue siendo soportable.

Es en este punto, en el que rectifico mi confesión: Las proyecciones de películas, cortometrajes, documentales o cualquier cosa parecida, me provocan un terror enorme. Y es que es de éstas que la gente espera más. La imagen tiene que ser perfecta, las sillas tienen que estar acomodadas de manera que al público no le dé tortícolis, el sonido tiene que ser lo más fiel posible, en fin, todo tiene que ser perfecto, ya que si algo llegara a fallar, el público se enardecería. El cine siempre ha generado ese tipo de pasiones.


Nunca olvidaré la ocasión en la que tuvimos un taller con Lauro Zavala y justo antes de la proyección del Ciudadano Kane, el cañón se descompuso. Aquella vez tuvimos que improvisar con una televisión y todos los asistentes que habían pagado sus $50 querían colgarnos a María y a mí. Porque cabe mencionar que María es siempre mi compañera en este tipo de aventuras. Sólo que a ella le toca una parte de la tensión y a mí otra.

No sé aún si aquella experiencia habría dejado un trauma en mí, lo que sí sé, es que tras eso y tras haber visto la preparación de un grupo de canadienses que presentarían un performance aquí, aprendí grandes lecciones de organización.


Sin embargo, a pesar de haber preparado todo para que la proyección de "Los ladrones viejos" fuera prácticamente perfecta, por mi espalda y mi cerebro seguía rondando el miedo a lo inesperado. Cambié cables, me organicé con los de Ambulante desde tres días antes, probé el DVD cientos de veces. Lo había hecho todo, pero nada, nada iba a detener al destino si quería hacernos a María y a mí una mala jugada.


Sábado 29 de marzo, cinco de la tarde. Llegué lo más rápido que pude. Probé el cañón, y tardé media hora probando el sonido para que se escuchará lo mejor posible. Para las seis de la tarde estaba lista la parte audiovisual, ahora, había que organizar el espacio, acomodar las sillas de manera que fuera cómodo, accesible y visible para todos los asistenes. A las 6:30 comenzó a llegar la gente.


Para el diez para las siete teníamos prácticamente lleno el patio de Profética. Y entonces, la primera mala jugada. Por un error en difusión (es decir, en mi área), muchos de los asistentes creían que la proyección del cortometraje comenzaría a las 19:00 horas, como sucede normalmente con nuestros eventos. Comencé a avisarle a la gente que sería a las ocho. Los gestos y expresiones de molestia no se hicieron esperar.


Un amigo llegó a saludarme: "La proyección comienza a las 8", le informé ipsofacto. "Lo sé, ya se corrió la voz", me contestó. ¿Era eso bueno?, ¿Habría de dejar que el rumor hiciera su trabajo? Decidí que lo mejor era informarlo de manera "oficial" y haciendo uso de mis odiadas clases de comunicación organizacional, cogí el micrófono y en frente de las casi setenta personas que había ya reunidas, di el anuncio. Pensé que me iban a tragar vivo.


Mientras temblaba frente a un público enardecido, recordé que durante la proyección no habría servicio de cafetería, así que aproveché la circunstancia para hacerle un favor a las dos partes: "Durante la película no habrá servicio de cafetería, así que los invito a que, si desean consumir algo, lo pidan desde antes". La situación comenzaba a mejorar, la gente pediría algo en el café y se entretendría platicando con sus amigos, y el café tendría también un buen consumo.


Pero al parecer, el destino quería seguir jugando con nosotros. Eran 7:30 y la gente de Ambulante (y con ellos, Everardo González, el director, con quién mi masa enardecida tendría una plática al final del documental) no habían llegado. Al cuarto para las ocho decidí telefonear a nuestro contacto con Ambulante: "Ah, sí...mira, no podremos llegar al inicio de la proyección, tenemos todavía dos proyecciones más a las que asistir antes de llegar a Profética, de hecho, el director llegará solamente al final a la sesión de preguntas y respuestas". De primera instancia aquello me cayó como un cubetazo de agua fría, pues no sabía que hacer.


Me asomé desde el balcón de las oficinas y el Patio se encontraba oficialmente lleno de gente que quería todo de los "Ladrones viejos". Sus caras lucían impacientes, molestas. Sí, era un hecho, querían mi cabeza. Mientras pensaba en la manera de aminorar el daño, me topé con un enorme paquete de programas que contenían todos los documentales y los lugares en los que se transmitirían en Puebla. Mi horror entonces comenzó a disminuir.


Me dediqué entonces a repartir a cada uno de los presentes un programa con mi infalible sonrisa de azafata: "Le regalo un programa, para que pueda seguir la gira de Ambulante en Puebla". Los gestos de molestia se convertían en un gracias.


El no tener que esperar a los "Ambulantes" me dio la oportunidad de empezar la proyección del documental a las ocho en punto, justo cuando los primeros silbidos de inconformidad salían de mi masa ya no tan enardecida.

Y entonces oscuridad y silencia. Mi corazón se paró durante los segundos en los que la imagen permanecía en negros y no había ni un solo ruido.

Un cortometraje del proyecto Witness (dedicado a reportar injusticias a nivel mundial a través del vídeo) encabezó la proyección. La gente lucía un tanto desconcertada, pues aquello no era "Los ladrones viejos", sin embargo, tampoco hubo quejas. Eso quería decir que íbamos mejorando.

De repente, la imagen pasó a blancos y el logo de "Ambulante" apareció, seguido de una frase que decía "Selección oficial". Y ahí estaban, eran "Los ladrones viejos". Hubo incluso, quién aplaudió al oír la música.
Reconozco que durante los primeros veinte minutos no pude disfrutar de la película, pues tenía que checar que todo, absolutamente todo, estuviera en orden. Fue hasta la primera risa que pude sentarme y comenzar a ver la película de Everardo González.

El filme iniciaba con la imagen de un niño de la calle siendo entrevistado. Le preguntaban qué hacía, por qué robaba y qué esperaba de su futuro. La escena era estremecedora. Posteriormente, aparecían imágenes del México del pasado, para ser más exacto, de la época de oro del Distrito Federal. Y era ahí cuando nos adentrábamos al reclusorio de los "Ladrones viejos".

A través de múltiples entrevistas, nos enteramos de la vida y obra de distintos ladrones que durante la década de los sesenta se dedicaron a obtener "dinero fácil". La historia, se centra especialemente en la vida de uno de ellos: Efraín Alcaraz Montes de Oca, alias “el carrizos”, conocido como “el rey de los zorreros” y cuya reputación entre los mandos policíacos hacía que sus repetidas aprehensiones causaran sensación.

Fue "El Carrizos" quién soltó la mayor cantidad de risas por parte de los asisntentes. Narrando múltiples anécdotas entre las que destacaron sus "accidentales" robos a las casas de los ex presidentes Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo. La mayor ovación llegó cuando, respecto al robo a la casa de López Portillo, expresó: "Yo sólo le quité una parte de todo lo que él nos había robado".

Everardo González había hecho de "El carrizos", no sólo alguien simpático para el público, sino entrañable.

Cuando se acercaba el final de la película, voltée para observar las caras de la antes masa enardecida: ahora lucían sonrientes y expectantes antre otra posible anécdota de "El Carrizos".


Al final, todo salió como debía de salir: La película acabó y los aplausos no esperaron, Everardo llegó a tiempo y respondió a todas las dudas que su público tenía, la gente se fue con una sonrisa en la cara.

Al día siguiente, chequé el nick en messenger del amigo que me había saludado la noche anterior, decía: " ¡'El Carrizos' para Héroe Nacional!". Fue entonces cuando me di cuenta de que todo, en verdad, había salido más que bien.

Definitivamente, trabajar en Profética no es tan fácil como podría parecer. Sobre todo, cuando se trata de desarrollar eventos que vayan dirigidos a un público tan diverso como el que tiene la Casa de la lectura. Pero cuando todo esto sale bien, el placer que se genera, es inigualable.


Everardo González respondiendo a las preguntas del público

Poco más de cien personas acudieron a la proyección de "Los ladrones viejos"

1 comentario:

Luis Ricardo dijo...

Velvet Boy lo hace siempre muy bien. Yo no fui porque me dieron las siete en San Manuel. De haber sabido...