lunes, 5 de julio de 2004

La slla vacía


Gabriel Wolfson

(en el primer aniversario de Profética)



Para Yara, el Gallo y José Luis


1.- Hace dos años, un poco más, me encontré a Fritz Glockner en el patio del museo de San Pedro. Había un concierto infame, y llovía. Nos pusimos a platicar. Me habló de un proyecto: tres o cuatro personas estaban trabajando para abrir un espacio de lectura, con biblioteca, librería, fuentes de agua cristalina, ninfas y faunos tumbados en el prado entonando poemas, el idílico territorio con el que siempre sueñan los inocentes promotores culturales. Por supuesto no le creí una palabra, por dentro me estaba carcajeando, aunque era mejor escuchar las alucinaciones de Fritz Glockner que el concierto aquel. Para colmo, me invitó a participar, pero no tenía muy claro cómo, tal vez dando un taller, tal vez quién sabe. Esa vaguedad fue peor, me sonó a campaña política donde lo único importante es, como dicen, sumar voluntades, es decir, sumarse a la repartición del presupuesto. Y para colmo, sacó una tarjeta y me la dio: papel color crema con textura, logotipo con colorcitos, nombre de Asociación de Optimistas.

Lo peor vino cuando le pregunté cómo se iba a financiar su sueño guajiro. Fritz me contó entonces una historia propia de Ernesto Alonso: un tal Chipis, su compañerito de pupitre en la primaria, ahora todo un empresario poblano, había al fin comprendido que el objetivo de la vida no pasaba por la acumulación originaria de capital sino por lograr que la juventud apagara la televisión y leyera Trilce.

-Claro que sí, Fritz, yo te llamo.

Pasaron dos años sin que lo volviera a ver. Ahora traía un look de bajista suplente de Los Lobos. No me quedó más que confesarle mi incredulidad aquella y soportar sus risotadas.

2.- Y aquí seguimos, tomando una cerveza oscura en el patio. Porque si algo supieron muy bien desde el principio los ideólogos de Profética es que una librería no necesita un café a un lado, de muebles rústicos y sillas incómodas, y con un trovador que recita versos de su propia inspiración entre acordes caribeños y brindis solicitados en servilleta. Lo que una librería pide junto a ella es un bar. No es mérito menor que Profética se haya convertido, entre otras cosas, en un buen bar, un bar visitable y habitable, libre de guaruras, de televisión y de mesas que más aplaudan (aunque aseguren que ha llegado a escucharse entre sus muros ese estribillo dictado por el diablo). El dueño afirma que es un logro secundario, sin mayor importancia, la fuente de ingresos para sostener todo lo demás. Yo no estoy de acuerdo. En una ciudad como ésta, donde los lugares públicos se reducen a las zonas de fast-food de Angelópolis y del mercado de Analco, uno agradece la simplicidad de unas cuantas sillas y un patio donde poder sentarse, tomar algo y platicar. Un espacio público determinado por la sencillez y lo bien hecho, no acaparado por ninguna tribu (cantautores, grilla universitaria, maestros del ajedrez o señoras que hacen tiempo para recoger a sus hijos de la escuela).

Ineludible el lugar común: Profética es un punto de encuentro, el lugar que uno ingenuamente anhela porque ahí encontraremos a los amigos sin haberlo planeado, porque el cantinero nos preguntará si queremos lo mismo de siempre: la silla vacía que nos aguarda, en la mejor mesa, reservada sólo para nosotros.

Yara Almoina, Gabriel Wolfson, Oscar el Gallo López


3.- Me cuesta trabajo agregar algo sobre los libros, los que se venden y los que se prestan. Parece que en este sentido sólo se puede hablar de resultados. En primera, ya se sabe que proyectos como este, los resultados podrán verse en quince o en cincuenta años, cuando nazca la primera generación de mexicanos bibliófilos y ningún presidente se equivoque al pronunciar el sagrado nombre de Borges. Pero además, no estoy seguro de que me interesen los resultados, o bien estoy seguro de que las cifras no tienen mayor importancia. ¿300 asistentes a una lectura, 10 mil usuarios de una biblioteca, 2 millones de niños pintores? Porque está claro que ningún cartel ni spot televisivo convertirá en lector a nadie, y que el acto tan misteriosamente simple de abrir un libro un día y durante un rato detener nuestra vida en él no es transferible. Decenas de campañas para promover la lectura en niños y jóvenes, cuyos impulsores y organizadores son los últimos en tomarse la molestia de dejar de perorar y leer un par de párrafos, nunca van a compararse con el hecho de que un niño se intrigue al ver que alguien lee cotidiana y placenteramente (primero se intrigue, luego lo envidie y acabe imitándolo). Quizá ahí está la solución: una inconfesada campaña nacional de generación de envidia por la lectura ajena.

Las historias con librerías y bibliotecas son siempre privadas. Y no me refiero a los adolescentes que han sustituido los parques y el asiento trasero del coche por un rincón oscuro entre libreros o por las propicias almohadas de la sala infantil, y a quienes uno interrumpe al buscar un libro, con absoluta vergüenza, completando así la clásica oposición entre la lectura y la vida. Me refiero al hallazgo de un libro que nos estaba destinado y que nos cambia para siempre; a la primera vez que uno se siente cómodo en una biblioteca, cuando el silencio opresivo y los rostros de los demás lectores dejan de parecer el eterno regaño de la maestra de primaria; a la posibilidad de perdernos a cada visita en la misma librería y pasar una tarde entera en ella, al grado de que algún cliente nos confunda y nos pregunte por algún libro (y, en dado caso, darle la información correcta).

Para que esta trama de historias pueda ramificarse como hidra venenosa, espero que Profética siga creciendo. Dos peticiones: que exista un generoso préstamo a domicilio en la biblioteca y que la librería crezca con nuevas editoriales, para que no se acabe en unas cuantas visitas. Y ahora el brindis por el primer año (con un clásico de la casa: vodka y Lulú de toronja)


Gabriel Wolfson, julio de 2004