jueves, 30 de octubre de 2008

`Presentación del libro "El animal sobre la piedra" (Almadía, 2008) de Daniela Tarazona















Además de la propia autora, Gabriel Wolfson (izquierda) y Frank Loveland comentaron el libro.

Se incluye el texto leído por Gabriel Wolfson durante la presentación:


'Antes de hablar de El animal sobre la piedra me gustaría decir algunas barbaridades sobre el trabajo de edición que acompaña al texto. Creo que con este título, la empresa Almadía puede estar muy tranquila en cuanto a lo que, con cierto candor, prometen ellos mismos en el colofón: “Este libro pertenece a la colección Mar Abierto de Editorial Almadía, donde se da cabida a los viajes más ambiciosos y logrados de la narrativa contemporánea, aquéllos que descubran islas inexploradas o transmitan la experiencia de la inmensidad oceánica”. Diría también que, así como la portada me parece un acierto de diseño (un tacón superficial que encubre a un magnífico y concéntrico reptil), el papel de interiores no dista mucho del que los domingos nos deja manchadas las manos tras el repaso de dos o tres periódicos. Se me dirá que es un material más económico o ecológico; tal vez, pero no es el papel que uno asocia con los libros perdurables, los que no deberían volver a la máquina trituradora tras unos cuantos meses de venta irregular. Por último, el muy coqueto diseño del libro ofrece también un separador desprendible, donde se lee la siguiente cita entresacada de sus páginas: “Esa fue la primera vez que secreté veneno”. Uno lee eso y piensa: tengo en mis manos el guión de una telenovela producida en Miami, el parlamento de la más malvada de la serie que, caída en desgracia, se confiesa ante el cura del pueblo, de gustos tan líricos como lúbricos, o bien la historia de un gángster ilustrado que le cuenta a sus nietos cómo fundó su imperio. Gracias a que conozco a Daniela Tarazona desde hace algunos años pude contrarrestar esta lógica publicitaria y decirme: Daniela nunca escribiría algo así.
También debo ser honesto y decir que, por conocerla, me vi obligado a continuar la lectura tras de que las veinte primeras páginas me dejaron frío. Sentía una prosa artificiosa, frases afectadas por el deseo de parecer inusuales, una narradora encantada con la conjugación en primera persona y demasiado confiada en sí misma, en la contemplación de su propio ombligo. Entonces decidí: voy a continuar y a terminar el libro, y escribiré un par de páginas elogiosas para salir del paso. El resultado fue que en efecto concluí la novela y descubrí lo siguiente: el problema no estaba, desde luego, en esas veinte páginas iniciales sino precisamente en que conocía a Daniela y esperaba encontrarme su voz en esas páginas, su voz cotidiana que hace unos años escuchaba a diario. El problema estaba, pues, en mis mediocres expectativas, porque lo que luego me quedó muy claro que encontré ahí era justamente lo que todo narrador sueña con lograr: una otra voz, la voz que atestigüe que se ha creado un personaje, que registre la creación de una nueva estirpe. Al final, esta prueba no planeada me parece irrebatible: mi convicción de que se trata de una gran novela no dependió en ningún momento del fervor previo de la amistad, de los regateos del afecto. Diría más: el libro me enseñó a no leerlo ni siquiera bajo las complicidades generacionales, como si me dijera: ten calma, ten paciencia, permite que se aparten un momento tus tres o cuatro frases hechas con las que juzgas lo que se escribe ahora y aquí, deja que pase lo que haya de pasar.
¿Y qué voz es esa? Podría empezar describiéndola así: toques de Amélie Nothomb, quizá del cuentista catalán Quim Monzó, quizá también cercanía con la prosa de Guadalupe Nettel: una sensación entre naïve y atroz, uno no sabe si lo que se nos cuenta es terrible o sólo irónico. Pero esta es una impresión fácil, muy por encimita. Se me ocurre otro par de nombres para dar una mejor idea de lo que descubrimos en El animal sobre la piedra: Clarice Lispector y Jesús Gardea: ecos de las imágenes de Lispector, huecos desolados como los de Gardea. Sí, pero más que eso, la lucha por un decir propio, como si el lenguaje no estuviera del todo desarrollado y hubiera millones de cosas aún no dichas, entre ellas algunas de las cosas más simples; como si nos encontráramos en unos extraños albores de la lengua donde las palabras han sido tan usadas que, por decirlo así, le han dado la vuelta al círculo semántico y reaparecen no virginales sino sobrevivientes de la hecatombe: pequeños objetos tambaleantes, ajados, rasguñados, pero enteros y de pie. Voy a leer un par de párrafos que aparecen en la parte final del libro:
Voy a explicar lo que a estas alturas veo en el mundo [dice la protagonista]. Las cosas exteriores no son como las sabía. Los objetos son transparentes, como si fuesen hechos de aire, su consistencia no es la que conocía. Por ejemplo: las sillas están detenidas en el vacío. No hay en los objetos un comienzo y un final, se encuentran unidos sin que pueda definir uno sin otro. Quizá mis primeros atisbos sobre esta situación ocurrieron cuando mis párpados adquirieron transparencia./ Decir lo que dije de las sillas es falsear la imagen que me proyectan, porque las sillas son parte del suelo, la mesa y el espacio. No puedo explicarlo mejor, me rindo ahora.
La voz de El animal sobre la piedra, me gustaría decirlo, no nos depara en general humor, chispazos de ingenio, sarcasmo ni chistes locales o globales; tampoco el atisbo de que la ironía sea la única dicción posible, rasgos todos ellos cada vez más comunes en nuestra desesperada narrativa ‘joven’. Hay en cambio un ritmo propio, lento y tranquilo, que palpa con paciencia el nuevo terreno que se va encontrando como si nadie antes lo hubiera transitado, o más bien como si uno no tuviera que resignarse a aceptar ninguno de los caminos ya trazados. Hasta el uso de las comas es extraño y al mismo tiempo natural en este libro.
Pero además esta voz, casi siempre en un tiempo presente manso y animal, es indispensable para el surgimiento de la nueva estirpe. ¿De qué trata la novela? Recuerdo un cuadro de una pintora austriaca, de nombre María y de apellido difícil de memorizar, llamado “Autorretrato como silla”. Este libro podría ser “Autorretrato como iguana”, pero la analogía no es eficaz porque lo que importa aquí no es el resultado ni el hecho sino el proceso: El animal sobre la piedra trata esencialmente de un devenir iguana, es la historia de una mujer que deviene iguana. Podríamos decir también que, como la picaresca o en buena medida la novela moderna, este libro habla del linaje, pero no ya de los hechos del pasado que embonan para coronarse o destruirse en el héroe o el antihéroe presente, sino de las pulsiones y transformaciones necesarias para asegurar la sobrevivencia de una estirpe futura, la de los humanos que, animalizados, vuelven a saber que su cuerpo les pertenece.
¿Y qué es este devenir iguana? ¿Una metáfora de la crisis de la protagonista, tras la muerte de su madre? Desde luego puede pensarse así, el problema es que a la mujer en efecto le salen escamas, le crece una cresta, se le revela imprescindible tumbarse por horas en una piedra a que reciba el sol su nueva piel rugosa, se le va dificultando el control de su lenguaje, se le presenta como imperiosa (y no como resultado de una disquisición casi mercantil) la tarea de concebir una hija. Y es que el tiempo presente casi permanente del libro todo lo trae a la superficie, todo lo convoca a un mismo plano: el pasado y los sueños, el nacimiento de las escamas y el manejo de un tostador de pan para el desayuno, y así de principio a fin. En este sentido, cuando en la página 118 nos topamos con las palabras citadas en el separador (“…esa fue la primera vez que secreté veneno”) estamos leyendo no ya una frase melodramática sino una aseveración que, nunca mejor dicho, nos entrega toda su anfibología. Pero al final, quizá como su mayor virtud, El animal sobre la piedra nos convence de hacer a un lado la lectura dicotómica –metafórica o literal, sueño o vigilia- para aceptar en cambio la simple sentencia devenir iguana: prolongar una estirpe en tanto modificar esa estirpe, trabar una relación distinta con el tiempo, el tiempo lentísimo de esos seres que sobreviven muchos años adheridos a las elementales piedras. Mejor termino con lo que uno de los personajes del libro le dice a la protagonista tras de que ha experimentado su primera inmovilidad de iguana: “Eres un animal prehistórico y estás viendo transcurrir el tiempo que nadie más ve”.'

Gabriel Wolfson